Bar-en-Berlín-a-las-cinco-y-media-de-la-mañana
Cuando hace años una buena amiga de Bolivia me visitó en Essen, un viaje a Berlín era obligatorio. Yo le tenía miedo a esa parte del asunto, porque mi tiempo libre no lo paso precisamente en museos y tampoco soy de la noche, así que Berlín —al menos en esos aspectos— está completamente desperdiciado conmigo. Para el día negociamos: yo, piscina. Ella, dormir hasta tarde y después museo. Bueno. Una noche hasta me animé a recorrer el barrio con el gran grupo de bolivianas y bolivianos, más acompañantes. En ningún momento se habló de “salir un rato en la noche”, porque en español “noche” puede significar cualquier cosa. De verdad, CUALQUIER cosa. Pero voy al grano: cuando, a una hora en que mis ojos ya estaban bastante hinchados, fuimos a parar al enésimo bar (“Cerramos cuando se va el último cliente”: ¡ay, nada útil!) —que nadie me pregunte en qué parte de Berlín—, solo había otra mesa ocupada, por un grupito de gente joven. Me sentía rara, como fuera de escena, pero bastante contenta con la tranquilidad. “Estos tragos ya podrían ser mi desayuno”, refunfuñé para mis adentros. El buen amigo de mi amiga sacó una guitarra. De alguna manera se puso lindo, a pesar de todo. Cantamos canciones que yo no conocía, pero a las que pude sumarme enseguida. De pronto vino toda la gente de la otra mesa (ya antes habían parado la oreja), uno de los desconocidos tomó la guitarra, y la cosa siguió, ¡y cómo! Nunca voy a olvidar lo que Berlín puede ser. O lo que pueden ser otros lugares de este mundo: estoy en algún lugar en medio de la nada, a una hora que en mi cabeza ni siquiera existe, y a mi lado aparecen como de la nada colegas de altísimo nivel, gente con la que comparto un lenguaje musical. Antes los había tomado por adolescentes medio borrachos. Eran algunos de los más grandes músicos de jazz de Berlín, y a la vez de los menos conocidos. Un gusto conocerlos.
Por cierto, encuentros como este también pasan en España. O en Juist. O en La Paz. O en Essen. O en el Bajo Rin. Exacto: el viernes ya está todo arreglado; Matthias Dymke, André Meisner y yo nos encontramos con Nawab, Shaizan y Nahm Khan, de la India. No vamos a ensayar antes, para garantizar condiciones perfectas de “bar-en-Berlín-a-las-cinco-y-media-de-la-mañana”. Lo único que sabemos es que nos espera una experiencia muy meditativa, y el nombre del programa, “The Mantra”, seguramente no promete demasiado.
Me alegra mucho este encuentro tan especial.